Salvando Nuestro Hogar

Tomada al azar del concurso de Cuento Premio IEMO al Talento 2015.  Redactada tal como se escribió, sin edición. Érase una vez en un bosque fantástico, allí está ubicado el río más limpio de todo el bosque, el agua era del color como de un manantial, el colibrí es el gran amigo del río, un día por casualidad anda volando y de pronto observa que en unos tractores y personas con planos, el muy extrañado se acerca y empieza a oír que tienen planeado construir una fábrica y que los desechos tóxicos vayan a desembocar al río el muy desesperado le comenta al río: -¡Río te tengo una mala noticia! Le dice muy preocupado y el río le contesta: -¿Por qué amigo colibrí? Le dice el río asombrado de tan preocupado que está el colibrí, pero el colibrí no se atreve a decirle porque él piensa que va a entristecer al río y ni modo le tuvo que decir: El río sin palabras está muy asustado y nervioso y de repente se le ocurre una gran idea: -¡Tengo una gran idea!-. Exclamó el río.  Y el colibrí bien feliz le dice: -¿Y cuál es esa gran idea amigo?-.  Le contesta el colibrí muy pensativo.  El río muy emocionado le contesta: -Podemos reunir a todos los animales del bosque para que el día de la construcción empiecen a luchar contra...

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Postales de Minas de Oro

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Nativos – Minas de Oro

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Galería de Gente – Minas de Oro

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Cartitas

Ella era una dulce niña de ojos negros y cabello liso hasta los hombros, de las privilegiadas familiares de empleados del Instituto Evangélico que convivían en las instalaciones con libertad total; podía estar en la tesorería, donde la profesora Elisa, después que Nubia se casó con Elvir y desaparecieron del mapa Minoreño, también podía estar en el comedor, después que se fue Doña Gladis, comer como una interna, ir a la cancha los sábados por la noche y aún acompañar el grupo de loras cuando iban al pueblo chaperonadas por la profesora Nancy.  Cejas bonitas, estatura pequeña, apenas llevaba quinto grado, sus partes femeninas iniciaban como pequeñas naranjas, pero sus ojos coqueteaban el firmamento de aquellos que merodeábamos cerca.. Siempre me la encontraba cuando iba a lavar platos al comedor, quizá a propósito ella se tardaba un poco en comer, calculando la hora de mi natural timidez por no encontrarme con el grupo de internas en masa. En lugar de irme por el taller, recorría el andén esperando verla, sin levantar la mirada podíamos sentir el uniforme azul y blanco, con camiseta de aniversario, nos acercábamos mientras los nervios aumentaban en proporción inversa con esa distancia, cuando estábamos a 3.215 metros nos mirábamos los ojos, y al llegar a 1.837 de separación sonreíamos de pena y pavor, luego nos decíamos lo mismo. -Hola.   -Hola. Luego seguíamos avanzando en...

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Curry

Era uno de esos días de campo, acostumbrados en nuestra querida Escuela Mariano Alvarez. No era necesario más que vestir calzones cortados con propósitos maternos para prolongar la vida útil ante el inevitable paso de los años y el privilegiado estiramiento infantil. Para los pintosos, una calzoneta “Victoria” y tenis “Kanguro”; las marcas mas reconocidas de aquellos 80’s. Por supuesto que era más común usar los clásicos zapatos de hule Siete Gatos, con agujeros en los extremos para evitar el calentamiento global o un bofetón resultante de la estocada al desarropar los pies. En su defecto se arrastraban los pies con un ligero tapiz de polvo y coronaba este desfile de modas una camisa a media barriga, adornada por un amenazante ombligo en forma de teta de vaca y una merienda si se era venturoso. Yo, desde pequeño fui mas afortunado que el resto de mis hermanos, por razones de alergia al hule de tal atuendo, merecí ser tratado diferente por lo que mis padres se veían en la necesidad de rascar recursos para calzar mis refinados pies con los únicos lujos a nuestro alcance: copias baratas de All Star conocidas como Caprissa, que para aquellos días se pegaban con algún material de efecto similar a la saliva en las estampillas. Caminábamos de costumbre, en fila india al campo de fútbol que colinda con el cementerio, recuerdo que era...

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El piano que sonaba solo

Eran las 12 del medio día, caminé con mi tía a la acostumbrada lección de piano; sus manos me apretaban firmemente mientras pasábamos por la esquina de la dirección donde los internos del Instituto Evangélico descansaban sus vistas. Aunque en el fondo ella sabía que los piropos eran para sus dotes, que a partir de una cintura de abeja exageraban hacia arriba hasta culminar con un lindo rostro que hacía suspirar los alumnos en sus labios cuando impartía la clase de flauta. Ese día sus lecciones se le iban a olvidar, luego de pasar uno de los momentos más impactantes de su estancia en Minas de Oro. Entramos por el portón cercano a la tiendita y bajamos frente a las solitarias aulas que desesperaban por la jornada de la tarde; la sala de piano estaba contiguo a la biblioteca, y más parecía una bodega donde almacenaban pupitres sobrantes; dentro estaba el desafinado piano que usábamos los externos con valor de seguir las pisadas de la Seño Margarita y al menos una hora por día nos encerrábamos en ese espacio para engañarnos por nuestra propia cuenta. Abrimos la puerta, adentro se sentía el olor a mariposa muerta, caminé de frente mientras las empolvadas sillas se arrimaban a los paletones de mi falda y perfilaban las curvas de mi tía quien debía hacer malabares con su figura para pasar entre las...

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El profesor Darío

Cuando lo vi fui consciente del paso de los años, sus ojos no brillaban como siempre, aunque su sonrisa era la misma. Su nombre Darío era muy conocido en muchas zonas de Comayagua, Carías como la mitad del pueblo y sin ninguna relación ancestral con un famoso dictador de Honduras. Aunque su apodo que sonaba como la mascadura de tabaco era más famoso y lo usábamos después de una soberana reprensión. De tez blanca, frente amplia que cada día aumentaba, sonrisa endientada y ojos un tanto desubicados que lo hacían mirar con la cabeza inclinada hacia abajo. El profesor Darío era considerado uno de los mejores maestros del pueblo. Director de la Escuela MarianoAlvarez que con su anexo estaba en ambos extremos del parque. Contó con un equipo selecto por muchos años que incluía los profesores Canaca, el profesor Rigo, la profesora Nelly y otros cuyos nombres ya no recuerdo. Su esposa, la profesora Cayita había sido capturada con su presencia juvenil cuando como Director Departamental la nombró. En ese tiempo ella era una joven chica, con deseos obsesivos por educar hasta los muchachos más tremendos bajados como mangos del Barrio Los Cálix. Ella fue su compañera de por vida y la única vez que lo abandonó fue cuando se cambió al Liceo San Antonio, a una cuadra de distancia y con esta expansión garantizaron entre ambos ser maestros...

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