Instituto Evangélico Minas de Oro (14) \ Solo para exIEMOs \
  Solo para exIEMOs
  El bus sonó la bocina bajando la cuesta de Doña Choncita, pasó por la casa de Don Virgilio Cerrato, era aún de día, luego avanzó hasta la esquina del internado de varones del Instituto Evangélico de Minas de Oro, dio la vuelta y se detuvo frente a la dirección. Cargué mi maleta hasta la puerta, en medio de los escasos pasajeros que aún desesperaban cinco cansadas horas de viaje. El motorista me vio con cara de cadejo desvelado y me preguntó de nuevo:
-¿Seguro que quiere bajarse aquí?

-Sí, le contesté- para aquí vengo.

Bajé del bus, maleta en mano toqué inútilmente la raída puerta de la dirección, que parecía haber sufrido un derrame envejecedor, caminé de regreso por la acera y me detuvo un grueso candado negro que mordía la enmohecida cadena abrazando un portón que reemplazaba las puertas vaivén del largo pasillo en la entrada al Instituto. No pude creer lo que mis ojos veían, la fachada estaba despintada, como Iglesia católica sin párroco, en el tejado se podía ver plantas, los canecillos del alero se desmigajaban en el comején de un recinto en la impresión de haber sido abandonado a su suerte por más de quince años. Atónito, miré el frente del salón de banda, el monte llenaba las encillas de las gradas, donde Don Wyatt de espalda moviera con su batuta la orquestada marcha de un gratuito recital nocturno. Hasta el cielo parecía haber perdido su color, y en un tono fusia invitaba a repetir una escena de silicio en Uz.

Sentí lejano el canto de Wilber Enoc y Nahún Moncada, con el uniforme celeste y cinta roja...

...Con dos lempiras compré una vaca...-me pareció oír, en el loco acento inventado por esa generación excepcional.

Se me rompió el corazón, el minuto de silencio avergonzó mis mejillas en un balbuceo de miedo y desesperación, sin soportar más quise buscar otra entrada, así que caminé hacia la cancha; también estaba con llave.

En sorpresa fantasmal apareció Tey, envejecida increíblemente, no tenía el sendero de zorrillo sobre la frente, simplemente un blanco cenizo le coronaba el arrugado rostro, su vestido en usual verde floriado, sus chancletas siempre de hule parecían haberle llevado a San José del Potrero a pie por diez años. Me abrazó y lloró en mi manga una canción que me temía oír.

-Se fueron todos- dijo, con un último moco colgando. Me abrió el portón y se negó a ingresar en un extraño voto de resignación.

Caminé por el andén de concreto que apenas se podía ver cubierto por hierba salida de todas partes, las aulas estaban censuradas con podridas puertas en irreverente color ocre, las paredes de bloque comprimido se deterioraban añorando el maquillaje anual de Don Tavo San Martín. Extrañé ver parado junto a la primera puerta a la Profesora Elida, con su sarcástica tardía adolescencia y su vestido ajustado a lo que el soberano le negó; en la otra puerta la Profesora Liz Robles, y en la esquina el Profesor Alejandro discutiendo con Paty López Lagos por el cántico blasfemo del negro que estaba rabioso. Pasé por la tesorería, su puerta casi caída ni siquiera me volvió a ver, luego continué el recorrido que conducía al comedor, con la viva nostalgia martillando la chica de las cartitas en un sentimiento de tristeza pasando a locura.

No recordaba una escena similar desde que visité la Zatoca desolada por el Farabundo Martí. Todo era un caos, me senté junto a una vieja piscina llena de sapos que no recordaba haber visto jamás, justo donde estaban los arriates de Don Leonidas. Sentí el vacío que provocaba la perra negra, ahuyentando los canes no oficiales y aplaudida por la Seño Margarita con su inolvidable chumpa verde mientras regañaba de nuevo a Aracely Rubio por tomarse de la mano con el Chino López hacía dos años. Intenté hacer memoria, me hacía falta el estridente ruido de la lavandería, Carlos Bonilla peleándose con una máquina en el taller, Don Nelson contando un viejo chiste de la Seño Mabel, Carmen sentada en la grada al compás del irónico cortejo de Waddy Gaitán, Paty Moncada vigiando a Abelardo, Elsa Recinos soñando despierta con un ángel llamado Olvin...

Todo se había ido, en semejanza al pergamino del Apocalipsis enrollando el bullicio en el vergonzoso silencio que me dolía como piedra en nudo vaquero a media garganta.

De pronto abrí los ojos, el cielo volvió a su color azul ante el rechinante tintineo de la varilla boxeando en el tubo de acero, me alegré que era un mal sueño, allí estaba Doña Gladis aporreando el bizarro silbato, era hora de cenar. Seguido del último eco del tubo regresó el chasquido de los bequistas alistando azafates en la barra, se confundía con los incansables periqueos de Doña Nacha, Doña Blanquita sacaba del horno su inigualable pizza, más allá en la banca estaba Merary chineando al gato llamado Liki, se escuchaba el cacareo de las señoritas que no tardaban en asomar por el andén, menos mal, solo estaba soñando...

La nostalgia es una medida de los sentimientos de gratitud que se expresa en unidades lacrimales… algunos la escribimos, otros la vivimos, la mayoría la sufrimos. Dichosos aquellos que en tierra de extraños no cuelgan las arpas del salmo 134.
   
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