Instituto Evangélico Minas de Oro (14) \ La Seño \
  La Seño
 

Era una misteriosa mujer de esas que simplemente están allí. Alta y delgada, de pelo gris empedrado, quijada afilada, nariz aguileña montada por unos sobresalientes anteojos de maestra de los sesenta. Tras los espejuelos una pacífica mirada de quien abandonó un tesoro a cambio de otro sin preguntar cuanto valían.

Llegó a Minas de Oro en los inicios del Instituto Evangélico, probablemente como maestra de inglés, Biblia y música. Se quedó de por vida, usando el mismo estilo de ropa que trajo; planos vestidos largos de flores color pastel a media pantorrilla tal como los usó en el Instituto Moody. Un verde impermeable la acompañó, aunque nunca envejeció a su ritmo. Dos pares de zapatos; uno negro y otro café que Don Ricardo Durón aprendió a fabricar cada tres años, amortiguados por reencauches trimestrales.

De mente ágil, combinada con una memoria canina que le inspiraba una sensación de saber donde estaba cada válvula de la antigua instalación del internado. Cuando no hubo carpintero ella fue uno, cuando no hubo fontanero reparó las tuberías, cambió cada lámpara porque nunca hubo electricista; sin que estas actividades afectaran su labor de rectora de la institución. En cada ciclo de rebeldía entrenó al nuevo jefe de mantenimiento enseñándole a casi desarmar la planta generadora de energía. A todos los lloró, aunque no tanto como a Jorge Medina, a quien literalmente adoptó.

Nunca se casó, por eso el nombre de “Seño”. La Seño Margarita Jossie, como era aproximadamente todo su nombre. Nadie sabía si recibía salario por servir clases de inglés, piano o por enseñar el arte de mantener con vida y en aparente florecimiento una institución que a su partida solo sobrevivió dos años más. Entonces supimos a donde iban tanto su salario como las ofrendas que promovía en sus viajes a Estados Unidos.

Enseñaba piano con sus antiguos libros rojos de John Thompson, cuyas clases de memoria repelló en la vocación de cada testarudo apasionado por las teclas. Disfrutó tanto el refinado piano de salón de actos como las rechinantes teclas del piano de la Iglesia Centroamericana del pueblo donde tocó los domingos todos los himnos del himnario azul hasta que mi hermana se atrevió a desentonar por su propio riesgo.

Recibía cada nuevo maestro en enero con la misma sonrisa que lo despedía en noviembre, cuando en la estampida de los internos la mayoría se iba para nunca volver. Y entonces se quedaba para hacer mantenimiento como Dios manda; cortábamos el césped de todo el instituto, lavábamos los colchones tal como si estuviéramos pisando uvas en lagar, cerníamos dos silos del maíz que alimentaría el próximo año. En permuta de un par de fichas capaces de convertirse en cuetes que duraban la noche del veinticuatro de diciembre. Así derrochábamos el mes de diciembre, y en enero para no aburrirnos quebrábamos las ramas de inocentes árboles de mandarina y jugábamos perezosos partidos de voleibol con los nuevos alumnos becados. Ella en una actitud de remordimiento nos invitaba a comer en el comedor de los internos junto a los entusiastas bequistas que sonreían de pena ignorando lo que les esperaba.

Recuerdo haber sido de su elenco de engañados pianistas, de su chillón coro navideño, del servilismo vacacional, pero sobre todo, su conserje personal por no tener manera de pagar la clase de piano. Sus rutinarios encargos eran los mismos: Comprar emergentes donde Don Jilo, esperar cartas extraviadas del correo en la vacación e ir a donde Don Ricardo a reencauchar sus zapatos. Todo eso a cambio de una hora semanal de su lección de piano, acompañada de un par de galletas con sabor a medicina y subliminales consejos que me enseñaron a obsesionarme por lo complicado sin dejar de amar las cosas exageradamente sencillas.
En encargos especiales me pidió limpiar su oficina, donde degustaba la fantástica colección de animales disecados, antigüedades, caracoles extraños y arcaicas fotografías que lamento creer que están en un cesto de basura. Unicamente conservo un baúl antiguo con su nombre en pintura amarillenta que literalmente reza: “Marjorie Jossie” 1930, Vía Amapala, Honduras”.

Abandonó su barco cuando el parásito de la triquina le llegó al cerebro y no pudo recordar sus lecciones, sus válvulas y sus cuentas. Adquirió la enfermedad de forma natural, consumiendo la misma comida de los internos y en su presencia para dar el ejemplo. Durante cuatro años la observé rumiar a unos cuantos metros, mientras asumía mi responsabilidad de lavar los curtidos platos de los internos. Nunca pidió comida especial ni se quejó exceptuando la vez cuando una piedra en los frijoles le dañó la placa de dientes. En silencio, en su silla preferida, devoraba todo a la misma velocidad con que hacía cada acción: a la carrera.
Su retiro fue como el de la institución, que sobrevivió un par de dolorosos años para nunca más abrir sus puertas. Sin avisos, sin despedidas, sin gloria. Supimos del ocaso del internado porque alguien nos contó cuando quisimos hacer una visita de ex alumnos, costumbre frecuente en el mes de la patria para lucir una citadina novia o en Noviembre para llorar de placer en una clausura a ritmo de pompa y circunstancia.

Le escribe a mi mamá tres veces al año. Ella dice que le relata historias cuantificables únicamente en volúmenes lacrimales pero que siempre tiene un buen sentido de humor y agradecimiento. Cuando intenté buscar en Internet la dirección que aparecía en los sobres supe que es un humilde asilo de ancianos en Oregon, donde narra posiblemente sus historias vivientes y con suerte tiene un piano donde les deleita con su lección última del tercer nivel de piano: Barcarola.

Le escribí un día. Quizá no le entregaron la carta, quizá su memoria le falle o quizá sienta pena por haberme confesado su deseo final:
“Quiero que me entierren entre los pinos de Minas de Oro”.
   
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