Instituto Evangélico Minas de Oro (14) \ El Segundo de un Zamorano \
  El Segundo de un Zamorano
 



…nos vemos luego, en este corredor cualquiera de estos ratos…

Fue lo último que me dijo, en el lugar que ahora es una plaza entre los edificios 4A y 4B de la Universidad Nacional Autónoma de Tegucigalpa. Más linda que en segundo curso, cuando se sentaba junto a Noddy, Ernesto Wesley, Maikola Ramírez y tan cerca de Jonatán Kessler como para revolverle las adolescentes hormonas y posiblemente el valor de un par de cartitas sudadas en el bolsillo del nerviosismo.
Rostro bonito, ojos grandes, sonrisa abundante, aunque con la timidez que causa ser interna en el Instituto Evangélico y no de Tegucigalpa, pelo largo castaño, quemado por la inútil intención de estirarlo a punta de peine a falta de una costosa secadora. No estuvo tanto tiempo como su hermano, apenas un corto año que terminó con unas cartas a la antigua que contestó al ritmo de Nancy Oyuela en un silencioso pacto tripartito que nunca hicimos, pero que mantuvimos por un año presintiendo que no nos volveríamos a ver. Con eso olvidé que me llamara inteligentonto un día de mal humor y ambas me perdonaron que opacara sus esforzados índices en mi chifladura por verlas sufrir todo un año, desilusionadas me acompañaron en el desfile del quince de septiembre, con listones rojos, ribetes dorados y banderas con olor a plancha de brasero.
A Nancy la logré localizar en una décima página de Google, oculta tras cansadas pero emotivas tardes de niños desencantados de un Aprende Conmigo , felizmente casada y con un armario donde debe colgar sus naturales gustos por la ropa, su título universitario y alguna consigna antiarroba.

Jamás me imaginé que aquella tarde común en la universidad sería la última vez que vería a Claudia , mucho menos asumí que me remordería tanto por una buena porción de mi vida.
Le perdí la pista en la costumbre de los humanos, me había dicho que se iría al Zamorano si le salían los planes, así que lo acepté cuando dejé de verla. Ingresó a ese mundo de quienes cuidan reses, que se deleitan escribiendo sonetos en verdes líneas de repollos con el mismo rigor que sufren ante una expulsión por un índice académico pálido. Nunca sería su problema las calificaciones, tenía herencia de los Almendares de Nueva Armenia, cocos aunque nunca en el nivel de su hermano con quien no me hubiera gustado competir. Se confundió en el uniforme de agrónomos, en el ruido de tanto extranjero simpático y bulliciosas amigas curtidas de lodo con sabor a espuma de leche en hoja de guayabo.
Uno de esos períodos vacacionales, cuando se quedan unos pocos por recuperación, otros por el demérito acumulado y otros más por la innecesaria necesidad de abrazar las abuelas en vestido a ruedas rojas, se quedó para convertirse en leyenda escolástica y noticia fatal para sus familiares a quienes negaron cualquier respuesta sazón.

Solo se fue, me dijo Rosario con ojos bonitos. El resto son novelas baratas, perseguidas por periodistas trágicos y mal contadas por cada uno de nosotros en un tono natural que presume saber el sufrimiento de los demás. Dejó este mundo sin despedirse, algunos nos perdimos la oportunidad de tomar una nostálgica granita de café quince años después, su familia perdió un valioso peldaño, tres nietos que nunca existirán y sus inolvidables carcajadas en una tarde de cosquillas.
He oído tantas versiones de su partida que simplemente no puedo creer ninguna: que se peleó con su compañera de cuarto por un amorío guatemalteco, que la envenenaron con una comida a que era alérgica, que no soportó la presión académica, que la entregaron los norteamericanos en el pacto de la secta Zamorano . En esa inútil búsqueda debió morir allí mismo su hermano, un poco después en una incalculable longitud de coraje, para terminar de doler en el alma de una honorable familia.

Solo se fue, y nos dejó con la ironía inservible, para que razonemos cuanto valen nuestros amigos en este preciso momento, les vemos conectados en el Messenger creyendo que allí estarán siempre, creemos que no llamarles es normal porque deben estar ocupados como nosotros, olvidando que su segundo de vida es tan corto que muchas veces no les da tiempo de decirnos adiós, mucho menos expresarles cuán valiosos son. Aún cuando nuestra tecnología nos permite enviar mensajes de entrega inmediata desperdiciamos una frase simple reenviando sangrones chistes reciclados, inconscientes a la posibilidad de ser nosotros los que tengamos que partir.

En honor a mi amiga, rompo el cansado silencio y les agradezco los ratos que dedicaron mientras hilvanaba mi costura en Zatoca, en Minas de Oro , en Tegucigalpa, fuera del país y en la web. Le pido perdón por lo que le dije y por lo que no le dije, pero sobre todo por usar su historia para construir un relato que nos haga meditar en lo valioso que es un insignificante segundo congelado por el soberano dedo de Dios en la basta eternidad.
   
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