Instituto Evangélico Minas de Oro (14) \ Amigos de siempre \
  Amigos de siempre
 
Chapuzón al estilo poza del hoyo
No quiero intentar entender tu historia, de la que me perdí intentando escribir la propia. Hazme un favor, no me la cuentes. Conservemos la amistad en el estado en que se quedó

Lo conocí cuando usaba unas botas de vaquerito y asistía abnegado a la clase de piano de la Seño Margarita Jossie. Su madre siempre lo soñó como un gran pianista.
De ojos casi negros, piel acanelada contrastante con el color norteamericano de su padrastro, quien es digno de una historia separada.

De cuarto grado en adelante debimos cruzar por las mismas penas: bañar en la azulera un osado día antes de examen, comer los venenosos tacos de Doña Chila, jugar al fútbol en desobediencia de la clase de piano, de la que fui mártir tras un recital que me convenció de tres antigregarios años de vocación.

Quizá fui de los pocos que entraron a su casa, una extraña edificación escondida en una inmensa finca en la calle que conduce al Malcotal. Edificada de madera, la casa albergaba los más extraños cuentos que con mucha creatividad alimentaba con sus ademanes de clásico mago. El fantasma que Daddy conocía, la gota de sangre en la escritura de propiedad, el reloj embrujado y algunas otras que nos contaba en el tabanco donde dormía al estilo alpino de Heidi.

De él aprendí muchas ficciones urbanas de sus días en Estados Unidos cuando Daddy lo había llevado, en tiempos cuando oír de gradas eléctricas me parecía tan lejano como los frijolitos encantados. Mis hermanos se integraron al grupo cuando Daddy construyó una pecera donde experimentábamos extraños anzuelos y clásicas cañas de pescar en compañía de un primo suyo de quien solo recuerdo su apodo de ave trepadora.

Su vida era un cuento de hadas escrito en formato Linux. Juguetes extraños comprados en tiendas norteamericanas, una motoneta en los años de escuela, una familia de tres donde hablaban inglés todo el tiempo y en cuya cocina degustaban un estilo importado de gringolandia.

Su madre impartió clases de inglés y trabajó en la alcaldía hasta que el aburrimiento condimentado por la jubilación le vencieron. Nativa de Minas de Oro pero con costumbres heredadas de sus viajes al país del norte con la Seño Margarita le habían convertido en una mujer de gusto por los catálogos. Su forma de vida extraña hasta el día de hoy le genera una serie de historias que no escribo porque el formato es un tanto novelesco.
En tantas versiones y parches como pueden existir llegó a ser en madre de un hijo cuyo adn traía una pizca de habilidades de supervivencia mercantil. Una extraña pasión más por la tacañería que por ahorrar. Producto de esa vocación me vendió una bicicleta Chopper por cien sufridos lempiras fruto de mis ahorros lavando platos y tamizando maíz en el Instituto Evangélico. Dicha ganga representó para mí una sensación equivalente a la adquisición de mi primer correo electrónico en Yahoo por el cual debí pagar una cantidad que excede mi vergüenza dactilar. Igual salvó mi vida de mi antigua costumbre de escribir cartas a aburridos coleccionistas que aparecían en la sección filatélica de algunas revistas.
Con el resultado de la venta y unos centavos más se compró una bicicleta BMX verde.
Nunca supe de su astucia porque no era mala, simplemente estaba en su sangre. Más bien se disipó en su contagiosa obsesión por actividades extremas mezcladas con pensamientos socialistas que me producían admiración y respeto.

Por supuesto, tener dos bicicletas hizo más divertida la vida de inacción en Minas de Oro y más cuando se sumó una ruidosa bicicleta negra modelo veintiocho que mi hermano recibió como regalo por parte del Profesor Joel Castañeda. Estuve a un minuto de vendérsela por treinta y nueve lempiras, valor que regateó desde ciento cincuenta y que no fue posible por la amenazante promesa de mi madre que aseguraba no comprarnos más repuestos en sus viajes a Tegucigalpa, cuando iba a cambiar el cheque.
Las tres bicis nos ayudaron a hacer historias suficientes como para escribirlas en el empedrado suelo del pueblo, sobre todo porque éramos cinco amigos empecinados en viajar sobre tres bicicletas. Generalmente viajábamos a la torre de control en la entrada a Minas de Oro, adelante de Los Tontoles. Con frecuencia mi hermano debía traer su bicicleta veintiocho sobre sus hombros camino al taller de Don Habilio.

Su afición por las botas de tropas era natural. Disparó un rifle de alto poder antes de los once años, impartía cátedra de como fabricar chacos, incluso me regaló un libro para aprender judo con figuras estáticas que a le parecían un pasatiempo apasionante. Aún llevo en mi curiosidad el significado de interminables conversaciones que en mi presencia desarrollaba con su padre, por supuesto, en inglés. Es muy probable que su insistente entusiasmo naciera de fantásticas historias de un sobreviviente de Vietnam y exageradas en el estilo de quien sabe ocultar un secreto por muchos años en un pueblo donde las señoras de la esquina de la trinidad conocen el capítulo final de cada novela.
Mis dos hermanos también se contagiaron de esos sentimientos radicales aunque también los olvidaron no mas salir a la civilización urbana.
Un día estuvimos a punto de colocar una nota en la alcaldía que decía: “si no mandan agua potable a La Trinidad, mataremos a Nando y al alcalde”. En definitiva no la pusimos y no se porqué.

La mitad de las historias están perdidas en la distancia pues dejé de verlo a los dieciséis años, cuando le dije adiós a mi pueblo. Camino a su casa, para despedirme de él me lo encontré del otro lado de la cerca de su propiedad.

- Me voy para Canadá- le dije, al tiempo que le devolvía un par de chacos que no me atrevía a llevar conmigo.

Después de varios intentos por encontrarle en mi residencia: la red, en una casualidad mientras estaba en Comayagua le contacté por correo electrónico. Así supe en un único correo de un párrafo, que salió de Minas de Oro un par de años después de mí, así como su quehacer y vida.
Se la pasa peleando en Irak o donde lo lleve el destino, defendiendo una vocación para la que indudablemente germinó, en nombre de un país donde no nació. Al igual que yo, aprendió a amar la nacionalidad de su pasaporte y a escribir historias en el calibre de su arma. Yo intentando llenar el pizarrón con historias con la tiza que él no quiere recordar.

La vida debería ser simple. Nos complicamos porque nuestros bocetos suelen ser borrosos, monocromáticos o subjetivos. Su respuesta a todos mis correos me mostró el grado de complejidad al que sometemos los adultos nuestras relaciones.
Hicimos un trato silencioso de amigos.

“No quiero intentar entender tu historia, de la que me perdí intentando escribir la propia. Hazme un favor, no me la cuentes. Conservemos la amistad en el estado en que se quedó.”
La amistad suele ser eterna. Después de cincuenta años podremos sentarnos a la mesa y la taza de café siempre tendrá sabor a cortina.

Aunque en esos cincuenta años, mi amigo solo contestó un correo.


   
  • Comentarios
  • Deja Tu opinión

 

No hay comentarios todavia.
Se el primero en dejar tu opinión!.

Continua visitando MinasdeOro.info

Ver los ultimos comentarios

Calificación Favor califica del 1 a 5 estrellas.Favor selecciona una calificación.
Nombre Tu nombre es requerido.
eMail Tu correo electronico es requerido.Formato Invalido.
Comentario Tu comentario es requerido.
Captcha image
Ingrese el codigo de la izquierda

  Text Link Ads script error: local_94451.xml does not exist. Please create a blank file named local_94451.xml.