Instituto Evangélico Minas de Oro (14) \ Amores antiguos \
  Amores antiguos
 
Nostalgia
Generalmente le tocaba la mano y le daba un pequeño apretón de dedos, al tiempo que le lanzaba mi mejor sonrisa.

Para sus ojos yo era la chica más bella que la faz de la tierra cruzó por su camino.
Quizá lo cautivó mi cabello rojizo, crespo pues era lo que podía ver todo el día. A tres sillas atrás podía sentir su respiración desesperada por ver mi perfil en un momento que volviera mi vista a la izquierda. Yo lo hacía de vez en cuando para complacerle y sonreía mientras con el extremo de mi pestaña podía sentir sus ojos derretirse de emoción.

Claro que no era solo mi cabello lo que encrespaba su alma. Mi cintura ajustada con la falda azul a paletones del riguroso uniforme del Instituto Evangélico denotaba que tenía mucho más que admirar. En el fondo yo sabía que le hacía soñar y a veces me sentía culpable por no amar con ese ímpetu a los chicos con quienes intercambié cartitas de amor. Aún sabiendo eso nunca disminuyó su pasión por soñar en las estrellas.

En todos los tiempos el internado fue muy estricto. Apenas podíamos ver a los varones en el aula de clase. El resto de veces que estábamos en una misma actividad había muchos metros de separación entre hombres y mujeres. Sin contar los consejeros y consejeras que en su labor de chaperones insistían en mantenernos en la línea.

El era un joven simpático. Tímido de naturaleza e inconciente de su atractivo. Para mí, una chica de San Pedro Sula estaba fuera del perfil de muchachos a quienes estaba acostumbrada a amar. Si se puede llamar amor pues apenas consistía en un intercambio de frases tiernas por medio de cartitas cuidadosamente elaboradas. Sabíamos que podían ser interceptadas por lo que solíamos usar claves mientras el romance era secreto. Una vez se rompía el silencio se convertían en ardientes misivas dignas de novelas de alta demanda mercantil. Al ser interceptadas podían ser compradas por un grupo de coleccionistas enfermos por la vida privada o ser respaldos contundentes para los actos de vergüenza pública que protagonizaba la Profesora Elida en un estilo mal plagiado de abogados de Hollywood.

Generalmente los chicos usaban cartitas que doblaban en triángulos de la forma que se guarda una bandera y finalmente la cerraban para completar un cuadrado. Las mujeres en cambio usábamos papel cuidadosamente seleccionado en las vacaciones de Tegucigalpa. Para mayor estilo usábamos perfume y a veces besos en marca de lápiz labial, con la ayuda de un par de muchachas que dominaban este alto contrabando.

Hasta el día de hoy me arrepiento por no haber provocado su decisión para entregar una cartita que cargaba en su billetera. Nunca encontró el valor de hacérmela llegar y terminó en su garganta un día que fue descubierto por su hermana quien apenas pudo leer un par de líneas.
- Empieza con N – le dijo.
A esto su respuesta fue un agresivo tirón de pelo acompañado de una mortífera amenaza.
- Si le contás a alguien te mato.

No obstante el disfrutó ser mensajero de otros. Sus privilegios de becado a nivel esclavizante le permitían ingresar al comedor, internado de varones, biblioteca e incluso al internado de señoritas. En cada uno de esos lugares hacía entregas secretas de cartitas a cambio de míseros centavos que acumulados al fin de mes le permitían degustar ricos bocadillos donde una señora mulata que estafaba a medio internado con golosinas, todas fritas con manteca de cerdo.

El colmo de su amor lo encontré cuando me trajo una carta de un chico trigueño de la costa norte que me pretendía. Puedo recordar el amor en sus ojos de dolor, cuando tomé la carta y sonreí. Por supuesto esa sonrisa multiplicada tantas veces como cartas me traía llegó a aumentar su pasión hasta que desbordaba como el cerro Cacalotepe en la era prehistórica.

Generalmente le tocaba la mano y le daba un pequeño apretón de dedos, al tiempo que le lanzaba mi mejor sonrisa. Un sentido de compensación a mi culpabilidad. Podía sentir como sus huesos le dolían de amor cuando yo hacía eso. También sabía que durante dos días recordaría mis ojos tan verdes cual eran.

Llegó a gustarme la respuesta de su mirada, tímido cual chico de Minas de Oro. La frecuencia de mis cartas aumentó en la medida cual su locura hacía efervescencia. Nunca sentí culpa por el otro chico a quien iban dirigidas las cartas. Jamás lo sospechó.

El año se pasó como una bala, dos veces por semana él cumplía su labor de San Valentín. En la mejor casualidad lo encontré por la carpintería que recién había derribada, era casi de noche y yo debía entregar un libro de la consejera al profesor Joel. De forma natural y envueltos en un mar de nervios tomamos nuestras manos sabiendo que no había cartas que entregar.
Le di un beso en la boca, luego lo dejé mientras sus manos apretaron las mías como si no quisiera que me fuera.

Dos días después fue la clausura del año y nunca más le vi.

Jamás en mi vida tuve la dicha de ser amada de esa manera.
Donde estés, gracias.


N.


   
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