Olvidar \
  Olvidar
 

Emigrar no es pecado, olvidar si lo es.

Hay diferentes formas de olvidar, unas benefician los cambios, otras son límites a la capacidad y otras se convierten en pecados capitales.

No es malo olvidar una mala experiencia como forma de restaurar la salud emocional. Malos recuerdos pueden ser causa de enfermedad, baja autoestima o incapacidad productiva. Tampoco es pernicioso tener una mala memoria. Si se pudiera llamar de esta forma a los segmentos del proceso de retención de información donde las habilidades no están bien desarrolladas. Existen personas que pueden recordar la capital de Madagascar pero olvidan el número telefónico de su hijo. Esto solo es un énfasis diferente en la capacidad de memorizar y algunas veces puede ser enfermedad que requiere tratamiento.

Olvidar nuestras raíces si que es dañino.
La vida es un libro de pequeñas páginas sucesivas que se agrupan en forma de capítulos. Nuestro capítulo inicial es la etapa en que adquirimos valores patrimoniales e identidad territorial por un lugar geográfico. Con algunas excepciones, casi siempre asimilamos esta etapa con la comunidad donde transitamos nuestra infancia. No precisamente es donde nacimos, suele ser donde hacemos nuestras primeras relaciones de amistad con la naturaleza, con el mundo y con amigos.
A esto llamamos nuestras raíces, y para algunas personas cuya vida sedentaria los obliga a viajar con frecuencia, en lugar de perderse suelen alimentarse sentimientos por cada uno de estos episodios de su vida.

Existe un segmento de personas que olvidan sus raíces por traición. Esta es una forma enfermiza de poca estima que no les permitió adquirir suficiente orgullo por sus orígenes. Pueden olvidar su pueblo, su familia, su país, sus amigos y huir a la simple mención de ellos.

Otras personas olvidan por tradición. Encuentran en la costumbre general de sus coterráneos el hábito de mantener una relación distante y desconectada. No niegan sus orígenes pero se mantienen inconscientes a su existencia. Adquieren nuevas expectativas, nuevos valores y si alguno de estos hábitos no se adapta al sacrificio que implicaría recordar: simplemente no olvidan, pero tampoco recuerdan.

Existe el otro entorno de personas que no olvidan nunca. Por principios, por valores, por pasión. Estas personas suelen mantener viva su relación con su pueblo, con su país, con un municipio, con una familia o aún con una piedra. No buscan reconocimiento, buscan satisfacción personal. Han disfrutado el deleite de soltar diez lágrimas nostálgicas en tierras lejanas. Es por eso que buscan la forma de mantener ese vínculo con sus raíces. No solo se oponen a negarlas, antes buscan comunicarlas.

De ese grupo de personas, que suele ser limitado, resultan herencias patrimoniales que perduran en el tiempo. Sus esfuerzos son intensos y suelen depositarlos en sucesores que ellos eligen para no morir en el olvido.

Para no olvidar no solo hay que recordar. Es necesario escribir, guardar y preservar las letras, historias e imágenes y vidas de aquello que el futuro debe recordar. Lo que sabemos de nuestro pasado sueles ser poco, porque la poesía no escrita se olvida en el viento. Es necesario construir monumentos que no solo cumplan un papel antiolvido sino que también edifiquen incentivos a la memoria.

Nuestros antepasados, los mayas, fueron nuestros antepasados, no se puede negar. Oponernos a algunas de sus costumbres morales o religiosas no debe motivarnos al olvido de su existencia y logros. Sabemos que fueron valerosos, que dominaron la ciencia, tecnología y política por los restos de sus edificaciones, que encontramos a pesar que migraron a otras tierras abandonando parte de su legado. Al ser colonizados, la intención con que se realizó esta labor por parte de los españoles llevaba el objeto de olvidar su rastro. Al grado que el conocimiento acumulado no fue transmitido.
He allí un ejemplo del retroceso que produce olvidar, no escribir, no transmitir.

Solemos ser reacios a la historia. De ella se aprende mucho si se considera no un culto, sino un elemento de transmisión de conocimiento. No olvidemos por tradición, no olvidemos pro traición, mas bien construyamos una historia que preserve nuestros esfuerzos a las futuras generaciones. Escribamos, construyamos, eduquemos y sobre todo recordemos. Mantengamos vivo el vínculo entre los que emigramos y los que se quedan; nuestros nietos podrán agradecérnoslo. Si no lo hacen los nuestros, los nietos de los que se quedaron lo harán.

El que emigra debe aportar a su generación que se quedó, pues no tiene garantía que su vínculo perdure por más de dos linajes. Las remesas solo persisten dos generaciones, a menos que se construya un monumento al no olvido. Construir, publicar, pintar, esculpir, transmitir, recordar. No olvidar.

Emigrar no es pecado, olvidar si lo es.
   
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